Asturias, la vieja y la nueva política

El 23 de marzo de 1914 Ortega y Gasset pronunciaba una conferencia en el Teatro de la Comedia de Madrid titulada: Vieja y Nueva Política. En ella señala: “la España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar Ministerios de alucinación”.

Si no hubiesen transcurrido casi cien años podríamos pensar que esa descripción corresponde a nuestros días. Y es que el 22 de mayo nos jugamos mucho más que un simple cambio de poderes locales. No se trata de decidir entre quien ofrece un polideportivo más, una nueva autovía o la solución con su presencia a todos los males. Lo que está en juego, en Asturias más que en ningún sitio, es la dialéctica entre la nueva y la vieja política. Entre la vieja política que se ha venido haciendo en Asturias los últimos 25 años -basada en la “influencia en Madrid”, las grandes obras públicas y la cultura de la subvención y la dependencia pública- y la nueva política que necesitamos para el siglo XXI. Y es que mientras nuestra vieja clase política se enzarzaba en sus querellas internas el mundo ha seguido girando.

Esta nueva política exige en primer lugar, claridad. La foto de Asturias hoy viene marcada por cuatro datos que nos duelen: somos la comunidad que en 2010 registró un mayor descenso de población, ocupamos el segundo lugar en menor crecimiento del PIB en la última década, desde Julio de 2008 se han destruido ya 40.000 empleos y nuestra Tasa de Actividad es la más baja de toda España, ocho puntos por debajo de la media y con 390.600 ocupados para sostener a una población de algo más del millón de habitantes.
Y sin embargo vivimos en una sensación de falso bienestar, conseguido gracias a la expulsión de toda una generación que hoy tiene a su tierra como referente no laboral sino de vacaciones, y a una política de trasferencia de rentas públicas que ha funcionado como adormidera. Política aceptada y exhibida como trofeo por toda la clase política asturiana, de la derecha a la izquierda. En este contexto se ha aceptado como natural que un ingeniero de minas pueda jubilarse en una empresa pública a los 52 años, con 250.000 euros de premio y una pensión mensual de 3.000 euros; y no, no es un problema de nombres, lo verdaderamente grave es que una sociedad que admite esto es, sin duda, una sociedad enferma. Y no podrá curarse si no empieza reconociendo la naturaleza de sus males.
Una sociedad que precisa, y esta es la segunda característica de la nueva política, suturar el abismo que se ha abierto entre la Asturias oficial y la Asturias real. Hay una Asturias real que pugna por encontrar su lugar en un mundo cada vez más global y competitivo, que silenciosamente ha ido cambiando su tejido productivo y sabe que el progreso se juega no en metros cúbicos de hormigón sino en capacidad de acumular conocimiento e innovación y es consciente de que las auténticas barreras que hoy limitan nuestra competencia son más mentales que físicas. De esa Asturias forma parte una nueva generación de asturianos, sobreformada y con subempleo, la de los perpetuos empleos temporales, la que ya sabe que no accederá a los mismos niveles de bienestar que sus padres; que debe, por fin, ocupar su lugar en las instituciones en sustitución de la vieja clase política que vive más ocupada por sus asuntos.
Esa nueva generación de asturianos no está dispuesta a negociar con los tópicos al uso, no necesita ponerse el casco de minero, fotografiarse echando un culín de sidra o citar profusamente a Jovellanos para sentir como propia también la historia y cultura común; saben que el recurso al tópico, las más de las veces, sólo encierra falta de ideas y nostalgia del pasado.

Esa nueva política debe superar el localismo, debe ser capaz de pensar Asturias en su conjunto y no como una suma de valles o ciudades agregadas. O ganamos tamaño y unidad cara al exterior o nuestro futuro será chato y romo como la visión de quien nos dirige. ¿Cómo puede ser que en el área central de Asturias convivan 4 palacios de congresos construidos con dinero público y compitiendo entre sí? Es sólo un sencillo ejemplo de la política de exaltación del particularismo, que ha venido muy bien a los poderes locales a costa de derrochar ingentes recursos y comprometer el gasto futuro. Tampoco en esto podemos confiar en esa clase política antigua que saca las urnas a la calle para oponerse a la construcción del Niemeyer en Avilés, es incapaz de integrarse en el Consorcio de Transportes del Área Central o discute si los fondos mineros pueden financiar la Autovía del Suroccidente. Convertir el área central de Asturias en la verdadera Ciudad Astur, cohesionada y diversa que actúe como polo tractor y elemento de integración de los territorios periféricos es una necesidad imperiosa que requiere de algo más que de la pura exhibición de unos planos. Precisa de una voluntad política que hoy nuestra antigua clase política no tiene, supondría comprometer algunas parcelas de poder a las que no están dispuestos a renunciar.

Finalmente, la nueva política exige superar el sectarismo y la ocupación de la administración pública. Necesitamos abrir las ventanas y eliminar el control partidista de la administración, garantizar la transparencia y el libre acceso a la información pública como primer paso para luchar contra la corrupción y devolver el poder a su legítimo dueño, el ciudadano. La nueva política huye de la privatización de la política entendida como un asunto particular de una clase, cosa de demagogos y salvadores que prometen lo que no hicieron en el pasado. Frente a eso se impone la política entendida como una responsabilidad pública, un compromiso con tu tierra y con sus gentes, sin aspiraciones de convertirla en un simple medio de vida. Hoy más que nunca, en Asturias hay que reiterar algo obvio pero en desuso, la nueva política no admite como límite de lo correcto el Código Penal, ni como parapeto secreto sumarial alguno. Si la despojamos de todo contenido ético la política se vuelve algo miserable, propio de logreros y pícaros, hábiles para mezclar el interés general con el suyo propio; admitir esto degrada nuestra condición de ciudadanos y nos aproxima a una cierta “italianización” de la vida pública que algunos no aceptamos como horizonte.

En definitiva la nueva política apela a la sociedad civil asturiana, a esa sociedad civil que tiene que ocupar su sitio en las instituciones desplazando a la vieja Asturias que “con sus usos y sus abusos está acabando de morir”. La Asturias “vertebrada y en pie” que Ortega reclamaba hace casi cien años y en la que muchos todavía confiamos.

Artículo que hoy publica La Nueva España en su sección de política.

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